La seducción de la Garnacha

Tras la perfección de un racimo de uvas Garnacha respiran las viñas centenarias de los campos de Calatayud. Ponen su azulón aterciopelado a un paisaje de barrancos, almenas y estepas que conquistó el Cid Campeador. Por algo la llaman la madre de todas las variedades, vigorosa y resistente, fértil de sabores afrutados que se combinan en la copa con recuerdos florales y balsámicos.

Las raíces de estas cepas longevas se aferran a unos suelos de pizarra que trepan por las laderas de los montes de la aragonesa Ateca, ciudad celtíbera. Siglos y siglos han visto compensados los sinsabores de la vida con el vino noble de sus viñedos.


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